Convulsiones febriles en niños: qué son y cómo comportarse

Las convulsiones febriles son un problema común en los niños y tienden a ser recurrentes. Veamos qué hacer en esos casos.

Según la Sociedad de Pediatría, las convulsiones febriles son un problema frecuente en los niños de entre 6 meses y 6 años de edad. En Europa, afectan al 2-4% de la población pediátrica menor de 5 años; el 90% de los casos se producen en el tercer año de vida; el 50% de los casos se producen en el segundo año de vida con un pico entre 18 y 24 meses.

Es una reacción particular del sistema nervioso al aumento de la temperatura corporal por encima de los 38°C.

Se distinguen dos tipos: convulsiones febriles simples y complejas. Las primeras duran menos de 15 minutos y ocurren sólo una vez en un período de 24 horas. Estas últimas son verdaderas y propias convulsiones, que duran más de 15 minutos y se repiten dentro de las 24 horas.

Síntomas de convulsiones febriles en niños

Se manifiestan por:

  • Pérdida de conciencia sin respuesta a los estímulos verbales y táctiles;
  • Movimientos repetidos y rítmicos de los brazos y las piernas;
  • Endurecimiento de los músculos;
  • Mirada fija;
  • Rotación de ojos hacia arriba;
  • Pérdida de heces y orina;
  • Latidos cardíacos frecuentes e irregulares;
  • Fiebre de más de 38° (que puede aparecer incluso cuando la crisis haya terminado);
  • Dificultades respiratorias graves, vómitos y somnolencia (en los casos más graves).

Convulsiones febriles: las causas

Algunas enfermedades pueden exponer al niño al riesgo de convulsiones febriles, por ejemplo, enfermedades del oído (otitis), enfermedades bacterianas o virales (gripe, rubéola). En casos esporádicos, las convulsiones febriles han sido causadas por la meningitis o la encefalitis, dos situaciones en las que el estado del niño degenera de forma mucho más rápida e incontrolable, afectando al sistema nervioso central.

Según los pediatras, los factores hereditarios y la predisposición genética no pueden excluirse.

Otros factores de incidencia, que parecen aumentar la probabilidad de estos episodios, son:

  • Sexo: las convulsiones febriles son más frecuentes en los niños;
  • Hábitos maternos: la mayoría de los casos se refieren a niños cuyas madres han seguido fumando y bebiendo alcohol durante el embarazo.

Convulsiones febriles: ¿qué hacer?

Normalmente las convulsiones febriles simples caen en 2-3 minutos y no requieren ningún tratamiento. Si se supera este plazo, para evitar una incautación real y grave, se realiza una intervención farmacológica no por vía oral, sino por vía rectal. Esponjas de agua tibia o una botella de agua fría pueden ser útiles.

La intervención médica es necesaria en caso de crisis que duren más de 10 minutos, con administración intravenosa de drogas y, si es necesario, de oxígeno, con posible despeje de las vías respiratorias.

Normalmente se realiza un electroencefalograma de control, en particular en los casos de alteración prolongada de la conciencia o con problemas neurológicos previos, y posiblemente la prescripción de una terapia anticonvulsiva para la profilaxis de las recidivas.

Convulsiones febriles: las consecuencias

Las convulsiones febriles esporádicas y de corta duración no provocan daños graves o a largo plazo. El peligro es más bien que el niño se lastime al caer o se asfixie con su propia saliva. A este respecto, las medidas de primeros auxilios oportunas y adecuadas son de gran ayuda.

Tampoco hay certeza científica de que las convulsiones febriles más largas estén relacionadas con daños cerebrales o motores. Los niños, incluso en este caso, se recuperan perfectamente y no se dañan. Uno de los riesgos puede ser la epilepsia, riesgo que, sin embargo, está vinculado a la presencia de la epilepsia en la familia.

Según las directrices elaboradas por la Sociedad de Pediatría, el riesgo de reincidencia de convulsiones febriles es de alrededor del 30-40% y depende de la interacción entre varios factores:

  • aparición del primer episodio a una edad de menos de 15 meses;
  • episodios de epilepsia o convulsiones febriles en parientes de primer grado;
  • episodios de convulsiones febriles complejas;
  • la asistencia a la guardería o al jardín de infantes.

Cuanto mayores sean los factores de riesgo, mayor será la posibilidad de recurrencia.

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